Últimamente solo dejo constancia en el blog de los lugares más importantes visitados en nuestra aventura americana y apenas hay espacio para enseñar lo cotidiano. Hay un montón de pequeños detalles que también hacen muy enriquecedora la experiencia de vivir en otro país, son cosas a veces nimias de las que me gusta fijarme y aprender.
El otro día en el magnifico blog de Mariano Lozano, Mi Cienaga, leí una carta de unos recién llegados a Estados Unidos en la que contaban con gran ilusión todas esas cosas que a uno le llaman la atención nada más poner pié en América. Os pongo el enlace para que podáis leerla vosotros mismos, a mi me encantó. Como escuché a un profesor en una conferencia en la universidad de Kearney, son todas estas cosas de las que uno aprende estando viviendo fuera de tu país, que nunca te podrán enseñar en ninguna academia y que enriquecen tanto como las grandes visitas turísticas.
Suelo ser muy observador, incluso en el supermercado me gusta encontrar esas diferencias, o en el lavabo, en una maquina expendedora o en un parquímetro en la calle. Es curioso que cuando uno vive desde pequeño en un solo sitio, deja de sorprenderse por estos detalles y con el tiempo incluso estando fuera todo ello pierde el factor sorpresa. Hay que luchar contra el tedio de lo acostumbrado y encontrar el arte de lo cotidiano.
Esta mañana después de ir a la oficina postal, en vez de ir a casa decidí ir en busca de alguna instantánea que inmortalizar, en apenas media hora hice varias fotos. Primero encontré uno de esos coches antiguos americanos que salen en las pelis de los años setenta, que me encantan retratar. Después fui por la inmensidad del campo Nebraskeño, a través de una carretera pedida en busca de algo en el camino que pudiera gustarme, encontré un enorme regadío cuya imponente forma le recordó a un amigo mío viendo la foto, una jirafa mecánica gigante. Volví a casa me abrí una cerveza con un pincho de chorizo y me quedé pensativo mirando el campo sembrado, contento por disfrutar un día más.
Por cierto, ayer vi una pelicula maravillosa, de buen rollo y de la que aprendí que hay unas motos estupendas llamadas Indian. Se llama The World’s Fastest Indian, protagonizada magistralmente por Anthony Hopkins y basada en un hecho real. Os la recomiendo.





























































